Medio siglo hace que el Cristo de la Almoraima llegó a su actual casa, a Pueblo Nuevo de Castellar. Pero el fervor por este crucificado trasciende esa efeméride y los límites del propio pueblo. Un Cristo que hace cincuenta años se hizo un chisparrero más. Por eso, cada Semana Santa sus vecinos esperan al Vecino con mayúsculas a las puertas de su templo. Como cada domingo de Romería pero, en esta ocasión, con mayor solemnidad y recogimiento. Delante va el Nazareno abriendo el camino de la fe con la cruz a cuesta. Una pasión se escenifica. Es Viernes Santo en Castellar de la Frontera.
La Semana Santa de Castellar es intensa, en muchos sentidos, se limita a un Viernes Santo pero no por ello pierde un ápice de esencia y de verdad. La hay en la luz. La luz que acompaña al Nazareno en su salida del templo todavía es clara, es día que se agota, como las fuerzas de Jesús que porta el madero. Cuando sale el crucificado, el Cristo de la Almoraima, la luz es penumbra, es azul y es breve. A contraluz solo se aprecia una cruz que apunta al cielo y los largos brazos del Señor agonizante. Bellísima estampa.
Ambos caminan a paso lento por la plaza Andalucía, ya de noche, llena de miradas, de fieles que se persignan y les hablan. Pasos cortos, casi no son pasos, son mecidas. Este año, están acompañados por la Banda de música de Jimena de la Frontera que marca el compás de los pies de los costaleros.
Tras salir de la Plaza Andalucía, el recorrido se alarga por la Avenida de las Adelfas, calle Iryda, calle Los Naranjos, calle Alta, calle Montaser Kattani, y la procesión comienza a volver a su templo, ya lindando con la medianoche. Por el camino, muchas emociones que comenzaron antes de la salida, con el acto de entrega del Costal de Plata a Antonio, antiguo costalero del Cristo de la Almoraima. Fue el encargado también de ordenar la primera levantá con el martillo y la campana. El sonido que marcaba el inicio de una jornada grande. Medio siglo hace que el Cristo de la Almoraima llegó a su actual casa, a Pueblo Nuevo de Castellar.

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