Categoría: Opinión

  • Calidad y cantidad de empleo en el sector industrial. Retos y desafíos.

    Calidad y cantidad de empleo en el sector industrial. Retos y desafíos.

    De sobra es conocida la cultura industrial del Campo de Gibraltar, la vitalidad de su tejido productivo en este sector económico y la capacidad profesional de las personas trabajadoras que desde hace años desarrollan su actividad en el primer polo industrial de Andalucía y segundo del Estado, que se asienta en estas tierras del sur del sur.

    La satisfacción de haber conseguido tener un polo industrial de estas dimensiones en el Campo de Gibraltar y la capacidad de haberlo ido adaptando y evolucionando ante los retos que imponen los tiempos: sostenibilidad, siniestralidad laboral, competitividad, debe servirnos para que la resiliencia aprendida nos permita afrontar los nuevos desafíos.

    Una industria dura desde el punto de vista medioambiental debe ser el portal de entrada a una nueva producción industrial sostenible que, en el terreno de los nuevos combustibles y fuentes de energía, entre otros, está llamada a darnos importantes alegrías si somos capaces de gestionarlo con talento.

    La sostenibilidad es, hoy por hoy, un factor de competitividad en el que nuestra industria comarcal asevera haberse afianzado en los últimos años, pero en el que es necesario seguir avanzando. La permanente mejora de nuestros sistemas productivos en este terreno deber ser una premisa insoslayable, además de una exigencia inexcusable para los nuevos desarrollos de proyectos industriales.

    El sector industrial genera un importante volumen de empleo y lo hace con unos estándares de calidad bastante aceptables; siendo por ello que el mercado de trabajo del Campo de Gibraltar tiene en el sector de la industria, al igual que lo tiene en la logística, la oportunidad clave para mitigar la excesiva dependencia de un sector tan estacional como es el de Servicios.

    La cantidad y la calidad en el empleo tiene en el sector industrial un aliado fundamental que forma parte importante de nuestro mercado de trabajo y que debe mejorar su posicionamiento; habida cuenta de sus repercusiones positivas en la economía de las personas trabajadoras que desarrollan su desempeño profesional en este sector.

    No podemos pasar por alto la importancia que la Formación Profesional tiene a la hora de dar respuesta a las demandas de profesionales que hace un sector como el industrial en permanente cambio. Una mano de obra convenientemente formada supone un valor añadido y condición de posibilidad para un correcto desarrollo de nuestro potencial industrial.

    Este es un terreno en el que la correcta planificación de la oferta formativa da respuesta a los retos y demandas del mercado de trabajo. Para ello se hace imprescindible la cooperación entre las autoridades educativas, las admiraciones públicas y la representación sindical.

    Solo bajo estas premisas será efectiva la apuesta que en el terreno de la Formación Profesional anuncian el conjunto de las administraciones públicas.

    La seguridad y la prevención de riesgos laborales deben ser un compromiso central del conjunto de agentes que intervienen en la actividad productiva del sector industrial en la comarca. De hecho, es uno de los elementos en los que pone su acento la AGI en su informe anual.

    Desde la parte social es considerado igualmente una de las prioridades clave de su acción sindical, que sin desdeñar los avances y registros en este terreno, consideran que aún queda mucho por mejorar.

    CCOO considera que la prevención de riesgos laborales no puede convertirse en una mera estadística de siniestralidad, tal y como está ocurriendo en algunas empresas que tratan de ocultar los accidentes laborales con múltiples estratagemas, despreciando las causas que los han provocado y situando las cifras maquilladas por encima de la realidad. En este terreno resulta clave el papel de la inspección de trabajo.

    Tenemos un potente cuerpo legislativo y un importante desarrollo técnico en materia de prevención, su plena aplicación son un reto de presente.

    En otro orden de cosas, cabría destacar los elementos que lastran el desarrollo de las potencialidades económicas que en este sector productivo y que, no por conocidas, tienen menor importancia. Las infraestructuras.

    Esta comarca, sus agentes sociales, económicos e institucionales, tienen demandas históricas que son elementos sustanciales para su desarrollo económico, tales como: las infraestructuras de comunicación, con especial importancia en la conexión ferroviaria; la conexión con el hidroducto que planifica el Gobierno de España y que resulta clave en el proceso de comercialización futura del hidrógeno verde que se producirá en nuestra zona, las infraestructuras que tienen que ver con el agua, tanto en la reutilización de aguas, como en la modernización de las conducciones para evitar pérdidas o la presa de Gibralmedina.

    Para conseguirlas, resulta clave la superación de localismos estériles y la construcción de un discurso consensuado de comarca en este terreno, que posibilite una voz única del Campo de Gibraltar, y en la que el Consejo Económico y Social de la comarca debe estar llamado a ser un interlocutor privilegiado.

    Finalizar sosteniendo que, con talento, sensibilidad ambiental, planificación adecuada, participación social y amplitud de miras, el sector industrial está llamado a darnos múltiples alegrías a la sociedad campogibraltareña.

  • El banderín

    El banderín

    Antonio giró lentamente la llave. Hacía ya casi un año que no visitaba la casa de su padre en el 125 de la calle Montero Ríos. No había sido capaz, tras el fallecimiento de su progenitor, de volver a la morada que habían compartido hasta que decidió independizarse e irse a vivir de alquiler con Martiña, su novia de toda la vida, tres años atrás.

    Vanessa, su hermana, y él habían decidido ponerla en venta. La inmobiliaria que iba a gestionar la operación les recomendó que adecentaran la casa y sacaran todas las pertenencias que hubiera.

    Antonio entró en la habitación del fondo donde su padre guardaba los recuerdos de toda una vida. Paco Garrido había sido, primero como ayudante y más tarde como máximo responsable, jefe de material del Real Club Celta de Vigo. Paquiño, como lo conocían todos, era una institución celtiña. Cuarenta años dedicado al club de sus amores.

    En aquel pequeño museo albiceleste se amontonaban las cajas donde Paquiño guardó durante toda su vida fotos, trofeos, prendas deportivas y recortes de prensa. De la pared del fondo colgaba su biografía. Retratos con jugadores, propios y ajenos, dirigentes y autoridades de todos los ámbitos. Posar con el utilero era un aliciente más para todo el que visitaba Balaídos o Da Madroa, la ciudad deportiva.

    Antonio se puso manos a la obra, la tarea iba a ser ardua. Comenzó por embalar toda la documentación, que de una forma meticulosa iba guardando en cajas. Paquiño era ordenado. Grandes sobres de color marrón clasificaban todos los recuerdos escritos. Fotos, actas, recortes de diarios deportivos, inventarios del material deportivo. Todo perfectamente clasificado por temporadas.

    Pero al abrir uno de los cajones del armario que hacía las veces de biblioteca encontró un pequeño sobre blanco que tenía escrito un nombre, Juan del Cura. Era la letra de su padre. A Antonio se le aceleró el pulso. Conocía al destinatario perfectamente, jugador celtiña de los años 70 que marcó una época en Vigo, tanto dentro como fuera de los terrenos de juego. El menudo extremo y su padre entablaron una estrecha relación hasta los últimos días del utillero. Antonio había escuchado por boca de su progenitor mil y una anécdotas, deportivas y personales.

    Palpó la misiva, y adivinó, antes de abrirla, que se trataban de una llave. Con ella ya en la mano, el tesoro iba enganchado a un llavero en forma de ancla de color celeste, se sentó en el sofá de la estancia.

    — ¿Qué me está intentando decir mi padre? — murmuró.

    Si alguien tenía una respuesta al misterio era Félix, el mejor amigo de Paquiño.

    Dejó la tarea encomendada y bajó las dos plantas que le llevaban a la avenida Montero Ríos, nervioso, saltando los escalones de dos en dos. Estaba deseoso de escuchar las explicaciones de su padrino.

    Félix regentaba, desde que Antonio tenía uso de razón, el café-bar Stadium, frente a Balaidos. El establecimiento, donde se servía la mejor tortilla de patatas de todo Vigo, era el lugar de encuentro del celtismo. En la década de los 80 y los 90 era habitual ver a los jugadores compartiendo cuencos de vino albarillo y charla con los aficionados.

    — Cosa impensable ahora rapaz — puntualizó el hostelero a Antonio, con cierto aire nostálgico.

    — ¿Te imaginas a Yago Aspas tomándose algo aquí? Ahora ni los aficionados saben comportarse. Ni los jugadores tampoco — la explicación sonó a crítica.

    — Esta llave pertenece a las taquillas del almacén que hay en los sótanos del estadio. Ese era el templo de tu padre. Difícilmente dejaba acceder a nadie allá abajo — le explicó.

    — Y si eras jugador, menos — dijo entre risas — Menudo era Paquiño.

    — Si quieres, mañana podemos ir temprano al estadio y buscar a Toño. Están aprovechando el verano para arreglar los aledaños del estadio y no creo que haya ningún moro en la costa que nos impida bajar a los sótanos — le convidó.

    Toño, jefe de mantenimiento de Balaidos, era fuego amigo. Echo los dientes en el estadio y junto a Paquiño y Felix, formaron una tripleta mítica para los jugadores. El peculiar comando era el alma mater del vestuario.

    Los tres se encaminaron a los bajos de Balaidos por unas escaleras agostas. Esa zona del estadio ya estaba en desuso y hacía años que nadie bajaba por allí.

    Cuando llegaron a la sala principal, Toño le pidió la llave a Antonio y de forma automática se dirigió a la fila de taquillas de color celeste, ya oxidadas por el paso del tiempo, que se encontraba frente a ellos. Eligió una, su elección no fue al azar, conocía aquel bunker mejor que su casa. La abrió, no sin dificultad, y sacó un bolso deportivo de color blanco, parecía de cuero, con el logo de Adidas en color rojo.

    — Esto sí que era un bolso de calidad y no los de ahora- le dijo mientras le entregaba a Antonio el santo grial.

    Los faros de los tres se pusieron en larga cuando el hijo del utillero sacó el contenido de la bolsa, que previamente había colocado sobre una mesa. O, mejor dicho, de dos. Félix mantenía sus luces apagadas.

    — Algeciras CF, 1966, Copa del Rey —  susurró Félix con la mirada perdida — Ese partido nunca terminó —.

    Antonio y Toño se miraron sorprendidos. No entendían nada. Entonces Félix les relató con todo lujo de detalles lo que aconteció en ese encuentro. Y, sobre todo, lo que sucedió después de que el árbitro pitara tres veces.

    Fue fácil conseguí el número de teléfono de Juan del Cura. A pesar de que habían pasado más de 30 años desde que el extremo algecireño dejó Vigo para volver a su tierra, los aficionados más añejos lo recordaban con cariño y mantenían, muchos de ellos, contacto telefónico con su ídolo.

    — Buenos días, Juan — el que hablaba con voz temblorosa era Antonio.

    — Buenos días — le contestó el algecireño, extrañado por no conocer el número de la persona que le estaba saludado con un acento gallego que le resultaba familiar.

    — Soy Antonio, el hijo de Paquiño — el hilo de voz nerviosa seguía con el volumen bajo.

    — Necesito entregarte una bolsa y he pensado bajar a Algeciras — el tono de voz de Antonio se estabilizó un tanto.

    A Juan se le nubló el corazón — Aquí en Algeciras tienes tu casa. Tu padre fue como un hermano para mi — replicó al instante el exjugador que estaba encantado con la visita del hijo de su amigo del alma.

    Antonio llegó tarde a la ciudad de la bella bahía. El trayecto había sido largo, 12 horas en autobús. Dejó sus pertenencias y la bolsa Adidas sobre la cama del Hostal Lisboa, en el centro de Algeciras, y aprovechó para callejear una ciudad que se asemejaba a su Vigo natal. Portuaria, luminosa pero impersonal.

    Juan lo citó a la mañana siguiente, a primera hora en la playa del Rinconcillo. A Antonio le pareció una idea genial, hacía un día radiante.

    Cuando el gallego llegó a bar Los Pulpos, que orillaba la playa, no tuvo ningún problema en reconocer a su anfitrión. Sentado en una mesa del paseo, con una figura enjuta y estilizada, parecía más un torero en activo que un futbolista retirado.

    Juan no dudó en levantarse en cuanto vio al vástago de su amigo, y lo estrecho entre sus brazos del mismo modo en que hubiera abrazado a sus propios hijos.

    — Fueron buenos tiempos. Tu padre era un buen hombre — le dijo mientras apoyaba su mano en el hombro de Antonio.

    — Te traigo un regalo. Algo que mi padre no le dio tiempo a entregarte y que, si yo saberlo, me encomendó —  le contestó con palabras entrecortadas.

    El menudo genio abrió la bolsa deportiva, que le resultó familiar, y sacó un banderín conmemorativo del encuentro que disputaron su equipo, el Celta, contra el Algeciras CF en el año 1966, de los dieciseisavos de final de, por aquel entonces, Copa del Generalísimo.

    — El banderín — consiguió responder con voz encharcada.

    Antonio conoció la historia, por boca de su padrino Félix, en los bajos de Balaidos. Supo que el partido fue disputado, empate a uno. Supo que tras el pitido final los algecireños, que pernoctaban en un hotel del casco antiguo frente al puerto, bajaron a los bares del puerto. Supo que la noche fue de cristales rotos. Supo que el utillero, Peña, terminó malherido después de que, tras una refriega con unos marineros italianos, le robaran todas sus pertenencias, entre ellas el banderín. Supo que Juan, después de tener noticias de la noche de autos, se sintió profundamente dolido porque su familia algecirista había abandonado Vigo con la bandera a media asta.

    Y supo que su padre había removido Roma con Santiago para encontrar ese banderín. El que llevaba bordado la fecha, 27 de noviembre de 1966. y el nombre del rival. Algeciras CF.

    Y lo encontró 25 años después en una tienda de antigüedades. Y supo que ese partido no había terminado.

    Juan, visiblemente emocionado, abrazó a Antonio, que ya llevaba rato con el corazón encogido.

    — Vamos a hacer una cosa — exclamó el exjugador.

    Al cabo de un rato llegó Paco León, el que fuera capitán albirrojo en esa eliminatoria. Juan lo telefoneó en cuanto supo de la existencia del banderín.

    Al verlo venir, Juan del Cura se puso en píe, y cuando llegó a su altura le estrechó la mano y seguidamente le entregó el banderín.

    Antonio creyó escuchar tres silbidos. Pensó en su padre y sintió en ese momento, que el partido había acabado.

     

  • El banco

    El banco

    Rubén dejó temprano el albergue. A las 8. Le mataba el hecho de no poder descansar un rato más, sobre todo, porque no solía acostarse pronto. Las largas tardes, que se convertían en largas noches, tras las etapas, las ocupaba en dibujar a carboncillo paisajes y monumentos que se encontraba en el camino. Al llegar al hospedaje repasaba las fotos de su teléfono y creaba sus obras. Su especialidad eran los retratos, que después regalaba a sus voluntariosos modelos.

    Sabía que la primera parte de la ruta discurría por el paseo marítimo del puerto, frente al casco antiguo, ideal para recoger ideas que se convertirían al final de la caminata en dibujos al carbón.

    Al entrar en una plaza, oteó a la distancia un hombre, su apariencia era la de un mendigo, fumando acomodado en un banco.

    Rubén no dudo en pedirle permiso para sentarse a su lado, le apetecía fumar un cigarrillo antes de encarar el camino a Redondela.

    – ¿Eres de Sevilla? le cuestionó, con un acento porteño que a Rubén le sonó a tango de guardia vieja.

    -Utrera- le respondió Rubén con cierto asombro. Lo había situado en el mapa con haberle escuchado apenas dos palabras. Automáticamente.

    -Estuve en tu pueblo en varias ocasiones, ¿siguen tocando los No me pises que llevo chanclas? – le cuestionó.

    -Creo que se mudaron a Japón- le respondió Rubén con cierta sorna que el bonaerense admitió.

    -Y mira que está lejos Japón- remató. Ambos rompieron a reír.

    Javier nació en Buenos Aires. 1961. Sus padres, de Lugo, emigraron a mediados de los cincuenta a la Argentina. María y Samuel, que así se llamaban, embarcaron por separado buscando el dorado, y pese a que vivían casi en el mismo barrio en Lugo, no se conocieron hasta que llegaron a Buenos Aires.

    -Y Buenos Aires es inmenso. Créeme. Soy hijo del azar- recalcó mientras le daba la última calada a un cigarrillo a todas luces ilegal.

    Rubén percibió que, el particular invitado a su interviú se sentía cómodo ante las preguntas que atropelladamente le iba lanzando.

    El argentino había dejado su casa natal, apenas cumplió 20 años, y se montó en la ola de las sustancias prohibidas. Ola que lo llevó a todas las playas del mundo.

    -La creatividad le debe mucho a las drogas. Ya lo dijo Escohotado- afirmó mientras se liaba un nuevo cigarrillo.

    Rubén escuchó con atención como el hijo de gallegos le relataba su particular modus operandi a la hora de ganarse la vida. Vendió, aún lo hacía, camisetas en conciertos por todo el territorio patrio. Prendas del mismo mercado que sus cigarrillos.

    -Y me va bien- dijo, sin que sonara a presuntuoso.

    Relato entonces como en innumerables ocasiones los transeúntes que lo observaban sentado en el banco, solía leer la prensa local y escribir cartas a una sobrina que estaba armando su biografía allá en la Argentina, le daban unas monedas que él aceptaba con una sonrisa socarrona.

    -Si supieran que llevo más plata en los bolsillos que ellos- dijo riéndose. La gente te juzga por tu apariencia. No saben nada de ti.

    -El prejuicio es muy malo sevillano- cerró el capítulo tajante.

    Rubén se lo estaba pasando en grande. Miró el reloj. No le importó que le dijera que eran ya casi las diez. Se sentía feliz por poder escuchar a aquel personaje y, sobre todo, por poder hacerlo sin prisas. Envidiaba la vida nómada del argentino, pero también era consciente de que las revoluciones había que hacerlas recién te levantas en la vida. Había demasiados motivos en su equipaje que se lo impedían en comparación con la ligera mochila que portaba el personaje que se sentaba a su lado y que se había fumado la vida, aún lo hacía, de forma ilegal. Pero de una forma maravillosa.

    -Te voy a contar una cosa- dijo el bonaerense subiendo el tono de voz para poner fanfarrias a su afirmación. -El dinero es una de las cosas más lindas que ha creado el hombre-

    Rubén lo miró extrañado.

    -Con el dinero vos puede comprar el tiempo. Vos puede comprar la felicidad. La salud no podes, pero como tienes tiempo, puedes alargar un poco la fiesta que es la vida.

    -El dinero te hace libre- sentenció después de una pausa.

    Aquellas palabras descolocaron un tanto a Rubén. Los castillos de arena que había construido desde el mismo momento que llegó a la playa del argentino, se lo estaba llevando el mar. Él anhelaba esa libertad, pero no tenía dinero para comprarla.

    -Vos puede creer que soy un bohemio soñador, pero no un boludo- finalizó al mismo tiempo que se levantaba de un brinco del banco. – Te invito a desayunar-

    La conversación siguió por los mismos derroteros, pero en diferente escenario. Eligieron una mesa en la terraza de la cafetería Maracaibo, donde el primer sol acarició a los dos tertulianos durante el segundo asalto.

    Era tarde ya, el camino esperaba. Rubén insistió en pagar. Cuando llegó la hora de la despedida, Javier cruzó la calle para volver un minuto después con dos apuestas de Bonoloto.

    -Toma sevillano, pero sácate un seguro médico. Ya sabes, la salud- le dijo a la vez que le daba uno de los dos boletos que acababa de comprar. Lo estrechó entre sus brazos y se marchó.

    Rubén lo vio marcha calle abajo, camino al banco donde se fumaba la vida calada a calada.

    El peregrino anduvo unos cuantos kilómetros como aturdido. Habían sido tantos los relatos, tantos los mensajes. Su centralita estaba totalmente colapsada. El camino hacia Redondela fue duro. La noche aún más. En ese final de etapa no hubo dibujos de paisajes.

    Rubén se despertó en casa tarde. Llegó de madrugada a San Pablo en un vuelo proveniente de Santiago. Era miércoles y hasta el siguiente lunes no debía de incorporarse a su trabajo en la carnicería de Consuelito, su prima.

    -Hombre Rubén. Ya volvió el caminante. ¿Cómo te lo has pasado mi alma? – la que hablaba era Carmela, dueña de un despacho de apuestas en la plaza del Altozano.

    -Muy bien Carmela. Mucho caló, pero bien- abrevió Rubén – Dame una bonoloto para hoy-

    Cuando Rubén se dispuso a pagar el boleto, se dio cuenta de que aún conservaba la apuesta de bonoloto que el pasado miércoles le había regalado el argentino en Vigo. La había doblado cuidadosamente en el lado de las monedas de su cartera.

    -Y mírame esta bonoloto por favor- le pidió a Carmela, que ya hacía un rato que había cambiado un tanto el semblante, ante la respuesta seca de Rubén, que no quería salir en ningún periódico de los que Carmela publicaba a todo color.

    -Chiquillo, esto no es una bonoloto. Esto es un euromillón- le espetó la dependienta

    -Imposible, mira bien. Me lo regaló un amigo que lo acababa de comprar, el pasado miércoles en Vigo- le replico extrañado

    -Niño, esto es un euromillon. ¿Estoy yo chala? – Carmela ya tenía su carro camino de las piedras.

    -que ta tocao Rubén, 850.000 euros. Que lo pone aquí- los gritos de Carmela llegaron a la cocina del Bar Mariano, que estaba justo en la otra punta de la plaza.

    Rubén notó como su corazón se aceleraba. Su primera reacción fue salir a la calle. Tomó, de forma exagerada, aire por la nariz.

    -Me dio el boleto premiado el día antes- susurro con una voz que le salía del estómago.

    -Eres rico Rubén. Eres rico- vocifero de nuevo Carmela, agitando el boleto como si portara una bandera.

    -No Carmela. Soy libre- le contesto con una voz extrañamente calma y esbozando una sonrisa.

  • El Liberdade 8

    El Liberdade 8

    George amaneció solo. Un buen día decidió desinstalar la aplicación Jessica de su corazón. Su plan siempre fue salir corriendo. Pero se cansó de correr la mañana que en la puerta de la sucursal del banco Espirito Santo de Vila Praia de Ancora se encontró con Jessica, directora de la oficina, que acababa de aparcar su Toyota frente a la sucursal. George la sintió incomoda, sobre todo cuando Xabi, el apoderado del banco, estacionó su utilitario justo detrás del Toyota. No pudo reprimir la tentación de mirar como entraban juntos. Supuso que habían desayunado. Supuso que ella estaba rehaciendo su vida. Supuso que todo había acabado. ¿Está seguro de querer desinstalar la aplicación? Sí.

    Desde ese día, cada vez que tenía que hacer algún trámite bancario, se dirigía a la oficina de su banco de toda la vida a 20 kilómetros, en Marinhas.

    George era un tipo de rutinas. Se levantaba temprano, sobre las siete, a pesar de que no tener que fichar hasta dos horas más tarde en Lacoancora, una fábrica de muebles de diseño, de la que era gerente. Se aseaba y tras prepararse un café sólo, solía escribir. Escribía poesía. Ya por la tarde, a eso de la seis, cuando volvía de la fábrica, bajaba al Liberdade 8, un garito regentado por Raphinha Gomes, un bohemio soñador que varó su corazón en las costas de Murcia y regresó a su pueblo natal para cerrar heridas. En el bar se podía escuchar música de cantautor, había exposiciones de artistas locales y alguna vez que otra, se recitaban poemas por parte de algún atrevido creador. George nunca se subió a la tarima del Liberdade. El miedo escénico era mayor que sus deseos de compartir su obra. Sobre las 10, vuelta a casa para leer un rato antes de acostarse. De camino, acostumbraba a tomar algo ligero en el Lagoa Azul, que le cogía de paso. Si las musas lo estaban esperando a esa hora despiertas, escribía unas líneas.

    En el segundo hogar de George habitaba una fauna variopinta. Jhony “cubata” había nacido en San Juan del Puerto (Huelva) pero el amor, en forma de portuguesa guapa con ojos verdes, lo trajo a Vila Praia. Soldador profesional, viajo por todo el país. Cuando se cansó del wiski y las luces de neón volvió a casa. La portuguesa guapa lo estaba esperando junto a sus cinco hijas. A Lobo Lopes no lo esperaba nadie. Dio varias vueltas al mundo en barcos mercantes. A veces, se sentaba sólo en un rincón del bar con una botella de moscatel y la mirada perdida. Las olas le traían restos de su naufragio. Asdrúbal completaba el óleo sobre lienzo de la vida que era el Liberdade. Vivía prácticamente en la indigencia, en una casa casi en ruina a pocos metros de la de George. De familia bien, interpretó a la perfección el papel de hijo rebelde. Tenía varios masters en la universidad de la vida, pero una mala película lo relegó a actor secundario. Su pasión era el séptimo arte. Su colección de cintas, sobre todo de cine clásico, decoraba, junto al cartel de “El cartero siempre llama dos veces”, las paredes de su morada.

    Pero George tenía un secreto. Quería querer. Y entonces sus rutinas empezaron a saltar por los aires. En ocasiones, cuando el tiempo lo permitía, un grupo de mujeres se reunían en la terraza del Liberdade. Charlaban animadas mientras tomaban porto casero que el propio Raphina elaboraba. De primera marca, le solía decir el bohemio soñador mientras les servía. Conversaciones intranscendentes que eran interrumpidas por risas y comentarios. George puso el foco especialmente en una. Erika había regresado al pueblo varios meses atrás desde Oporto. De unos treinta años, algo menos que George, vivía en una villa de estilo colonial que sus padres, ya fallecidos, le habían dejado en herencia. La morada estaba a pocos metros de la de George, y aún más cerca de la Asdrúbal. Esta cercanía propició que Erika pasará largos ratos hablando con Asdrúbal, cada uno desde la atalaya de sus casas. Habían construido una curiosa sociedad.

    A diferencia de Asdrúbal, George nunca habían entablado una conversación con ella. Apenas un saludo de cortesía y poco más. El radar de Erika si había captado algunas señales en forma de miradas furtivas, que George apagaba apenas era descubierto.

    Los escritos del aprendiz de poeta empezaron a tener como única protagonista a Erika. Una mañana decidió que, camino del trabajo, iba a dejar en el buzón de la casa colonial unas estrofas del poema que llevaba días dibujando.

    Aunque tú no lo sepas
    Me he acostado a tu espalda
    Y mi cama se queja
    Fría cuando te marchas

    Miró a un lado y a otro de la calle y apresuró el paso para dejar la primera misiva, pero al llegar junto a la verja sintió una sensación de ridículo.

    —Me estoy comportando como un niño— dijo con tono disgustado.

    Su primera obra terminó en una papelera, que estaba justo enfrente de la casa del cinéfilo loco. Todo el día le acompañó una sensación extraña de culpa.

    —No tengo edad para esto— se fue repitiendo durante el trayecto en coche a la fábrica.

    Aunque tú no lo sepas
    Me he inventado tu nombre
    Me drogué con promesas
    Y he dormido en los coches
    Aunque tú no lo entiendas
    Hoy me siento como un pobre
    Que no encuentra sus huellas

    Esta vez la hora del segundo intento por arrojar el mensaje en la btella coincidiría con su regreso a casa después de haber cenado en el Lagoa Azul un bacalao con salsa de cebolla que Víctor, el cocinero, había preparado especialmente para él.

    Esa noche la velada en el Liberdade fue animada. Sabían cómo encender a Asdrúbal. Su mecha era corta y sobre todo si le mentaban a su cinta preferida “El cartero siempre llama dos veces”

    —Titanic, eso si que es cine— afirmaba con sorna Lobo Lopes, abriendo los brazos cómo si estuviera en la proa del transatlántico.

    —Totalmente de acuerdo— respondía cómplice Jhony La respuesta del cinéfilo siempre era la misma.

    —Nunca había visto una mujer tan hermosa como ella, pero sabía que su belleza era peligrosa, como una rosa con espinas que te cortan sin remedio— recitaba de memoria. En realidad, sabía todo el guion de la película, incluyendo los créditos.

    Las risas llegaban al puerto. Las blasfemias de Asdrúbal también.

    Cuando el grupo comenzaba a tocar retirada, Raphina anunció que el sábado próximo, el Centro de Promoción y Cultura del ayuntamiento había convocado un certamen de poesía. Todo el grupo miró al unísono a George. No dijo nada y enfiló sus pasos en busca del plato de bacalao.

    La operación fue de nuevo abortada cuando iba a introducir el poema en el buzón. Esta vez el motivo fue las dudas que tenía George en el remate de la estrofa. Le pareció cursi. George volvió a tirar las pruebas a la papelera.

    A la mañana siguiente hubo fumata blanca. La obra estaba terminada. El autor asintió con la cabeza a modo de aprobación.

    Tomó de un sorbo el café solo y emprendió camino al coche. Al llegar a la altura del objetivo, sacó del bolsillo un sobre y en ese preciso instante Erika abrió la puerta de su casa. George cambió el rumbo de modo precipitado. De nuevo el poema al fondo del mar. Arrugó el sobre y lo tiró a la papelera.

    El liberdade estaba hasta la bandera. Las convocatorias culturales solían congregar mucho público en el local. Cuando llegó George, un grupo de jóvenes del instituto apuraban sus copas en la puerta. Erika y sus amigas ya estaban sentadas en una mesa justo al lado del escenario. El no hay billete estaba asegurado.

    Al poeta le temblaba las piernas. Hasta última hora había sopesado seriamente no aparece por el garito.

    Al entrar observó al fondo a Asdrúbal. Ni rastro de Jhony ni de Lobo Lopes. Ellos eran de ciencia.

    Aunque tú no lo sepas Me he inventado tu nombre Me drogué con promesas Y he dormido en los coches Aunque tú no lo entiendas…

    Un silencio sepulcral envolvió al Liberdade, roto por el murmullo de la platea. George se quedó en blanco. Habían sido demasiados cambios, demasiadas dudas en el remate del poema, se lamentaba. En ese momento lo único que deseaba era que lo tragara la tierra. A Erika se le aceleró el corazón.

    Nunca escribo el remite en el sobre
    Por no dejar mis huellas

    Erika recitó con una voz dulce y firme el final de la estrofa ante la sorpresa de sus amigas, que la miraban como si hubieran visto un fantasma.

    A George se le paralizó todo el cuerpo. ¿Cómo era posible que conociera el poema? El mismo había arrojado todos los mensajes a la papelera. Nadie conocía el contenido de sus sueños escritos. Entonces observó como Asdrúbal en el fondo del local y mirando la copa de porto que levantaba en su mano, recitaba su pasaje preferido.

    —Nunca había visto una mujer tan hermosa como ella, pero sabía que su belleza era peligrosa, como una rosa con espinas que te cortan sin remedio—.

    El cinéfilo loco, apostado en la ventana de su casa tras las cortinas, había esperado durante las últimas semanas a que George se alejara cada vez que tiraba sus sueños a la papelera justo frente a su casa. Después, de forma furtiva había introducido una a una las misivas en el buzón de la casa colonial.

    Asdrúbal apuró la copa de porto y encaminó con paso firme hacia la puerta del local. Pero antes de desparecer tras el dintel de Liberdade, susurro con cierto tono irónico y afirmando con la cabeza

    —El cartero siempre llama dos veces. Eso si que es cine.

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    Quinto relato de la serie 'Cuentos de andar por casa', de Diego Pérez Yiyi, perteneciente a la etapa Viana do Castelo-Caminha, del camino Oporto-Santiago. 

  • El sol naciente

    El sol naciente

    María del Pilar fue contundente. A las 5 en el Cabsy. El mensaje en el chat de WhatsApp, que compartía con sus amigas más íntimas, convocaba una reunión de urgencias para que Pili, cómo cariñosamente la conocía los más cercanos, contara las peripecias de su peregrinaje a Santiago junto al grupo de madres del AMPA del colegio salesianos. Paco, su marido, un santo varón, la animó para que cumpliera una de las ilusiones de su vida. Sus obligaciones laborales le impedían acompañarla.

    A las 5 en punto la mesa de la esquina junto a la cristalera que daba a la calle Ancha estaba casi completa en primera convocatoria. Concepción y Lourdes fueron las primeras en llegar. Pili compareció seguidamente con una bolsa con presentes del Camino para sus amigas. Conchas del peregrino y un imán con la cruz de Santiago para cada una. La botella de licor de café era el regalo comunitario. Cómo era habitual, María Lucia llegaría en segunda convocatoria y Pili le haría la misma broma de siempre al verla llegar con los dedos manchados de rotulador azul.

    —¿vienes de lavar a un pitufo, no?

    Las ocurrencias de Pili nunca fueron tomadas como fuego enemigo. Era regla número uno de la particular sociedad, no mentar el nombre de ninguna de las integrantes en vano. Obviamente la norma era incumplida día sí y día también.

    La elección del enclave no era al azar. Desde esa atalaya, entre cafés y chascarrillos, el grupo observaba con atención el trasiego de la arteria principal de Algeciras, la calle Ancha, elaborando la crónica rosa del día a día que posteriormente sería convenientemente publicada por diferentes canales. Peluquerías, supermercados y partidas de rami interminables que tenían lugar en el hotel Bahía, en periodo estival, y el salón de la planta superior del Casino, cuando ya las tardes refrescaban y la temporada de playa iba concluyendo en el Rinconcillo, eran los escenarios perfectos para elevar a los altares o descender a los infiernos a todo hij@ de vecino que se preciara.

    La plática comenzó animada. Pili desglosó con todo lujo de detalles el itinerario.

    Llegamos en autocar a Viana do Castelo, una ciudad preciosa. Unas casas de piedra con sus escudos encima de la puerta dignas de la Presley. Museos, fuentes… Todo muy limpio y bien conservado. Nada más llegar cruzas un puente sobre la desembocadura de un río con unas vistas impresionantes. Eso sí, mucho viento. Y yo con la permanente recién hecha. Os podéis imaginar. El puente que cruza el río se llama Eiffel, porque lo construyo el mismo que hizo la torre en París. Pero antes, porque de aquí se llevaron dos barcos llenos de tornillos para París porque sobraron. Eso pasa en España y tiene que amarrar la torre Eiffel con presillas— remató Pili con su agudísimo sentido de humor.

    Al día siguiente, a eso de las diez, hicimos andando un tramo de tres kilómetros así. Desde Viana hasta un pueblecito llamado Areosa. Un paseíto decía el guía. Ni Miguelete chiquilla. Menos mal que después nos llevaron en el autocar hasta Vila Praia de Ancora. Más turístico y animado. ¡Comimos un bacalao!— contaba mientras que se llevaba las manos a la cara.

    A la mañana siguiente muy temprano nos montamos en una barcaza que atravesó el rio Miño hasta La Guardia y de allí de nuevo en bus hasta Santiago. ¡Qué de gente! Hemos comido de maravilla y las del AMPA super simpáticas. Me ha sabido a poco, tenemos que volver juntas— concluyó.

    La sociedad estaba encantada escuchando los relatos de Pili. Sabían de la ilusión que le hacía hacer el peregrinaje a Santiago. La crianza de sus hijos, dos varones y una hembra, que llenaban de orgullo al matrimonio, y las ocupaciones laborales de Paco, hicieron alargar el inicio del Camino. A todas luces Pili era la líder espiritual de la particular congregación.

    La pena es que no haya podido acompañarte Paco¿no?— le sugirió María Lucía.

    —Deja, deja. Mi paco es más de sofá y mantita. No le gusta las aglomeraciones— puntualizó Pili.

    —¿Y los albergues? Yo ni muerta duermo en un cuarto como si fuera un barracón militar— la que hablaba ahora era Lourdes.

    —Calla. ¡Me pasó una cosa!— deslizó Pili

    En ese momento el auditorio que componían sus tres amigas del alma lanzó al unísono un:

    Cuenta, cuenta.

    Durante la visita guiada al centro histórico de Viana de la excursión de las madres salesianas, se unió un grupo de 12 personas de diferentes nacionalidades. Tres matrimonios alemanes, con sus sandalias y sus calcetines. Uno de Chequía, rubios cómo las candelas y tres hermanas italianas que hablaban por los codos. La peculiar convención del ONU la completaba un japones con todo su equipamiento. El nipón llevaba una mascarilla de color celeste, un paraguas y dos cámaras de foto que le colgaban del cuello a modos de medalla olímpica. Japonés de catálogo. Los nuevos integrantes de la expedición peregrina también pertenecían a la congregación salesiana.

    El heterodoxo grupo tenía programado pernoctar en el hostal San Joao da Cruz dos Caminhos, un albergue que pertenecía a la Orden de las Carmelitas Descalzas. El hospedaje se encontraba situado dentro del convento del Carmen, justo enfrente del puente Eiffel.

    El hecho de que el grupo llegara con retraso a la recepción del albergue trastocó un tanto los planes iniciales. Eso, y que en principio la expedición la conformaban treinta personas. Pero a última hora, Ramona, que así se llamaba una de las italianas parlanchinas, convención a sus dos hermanas para que la acompañaran a saludar a Santiago. El hospedaje contaba con dos barracones de quince literas de dos camas y varias instancias con 6 camas individuales. Los números no cuadraban. Faltaban justamente dos camas.

    Después de un rato largo se pudo completar el puzle. Dos voluntarios accederían a compartir estancia y descanso en la sala continua con un grupo de estudiantes del colegio mayor Ahuja de Madrid, que estaban realizando la ruta peregrina para clausurar el curso académico. Pili y el nipón fueron los elegidos. O, mejor dicho, ambos dieron un paso adelante, cansados de escuchar discusiones en la recepción entre la responsable del albergue y Don Alberto, un sacerdote salesiano que accedió a comandar la expedición a Santiago.

    Pili y el japones caminaron juntos a lo largo del pasillo que conducía a la instancia que le fue asignada. Cuando llegaron ya estaban instalados los cuatros chavales del colegio madrileño. Las mochilas por los suelos y la ropa de la jornada desparramadas en las sillas dibujaban un panorama de guerra que incomodó a los dos nuevos inquilinos. Hirohito, que así se llamaba el japo, colocó con sumo cuidado todas sus pertenencias sobre una silla junto a la cama que hacía las veces de mesita de noche. Paragua, cámaras y mascarilla fueron colocadas de forma ordenada y meticulosa. Cambió su indumentaria por un chándal con mucha delicadeza para no violentar a la dama, hizo una inclinación con la cabeza que Pili interpretó como un buenas noches, y se acostó.

    Pili, de la vieja guardia, fue a los baños y regresó con un pijama a raya rojas y blancas con el escudo del Algeciras CF que su hijo mayor le había regalado. Hay cosas que sólo se hacen por un hijo, pensó cuando abrió la noche de reyes el regalo de Javi.

    A pesar de que las luces estaban apagadas, los estudiantes seguían hablando con voz queda. El silencio de la noche hizo que Pili oyera con nitidez la plática de los chavales. Disputas intranscendentes que enfrentaban opiniones entre niños bien sobre chicas ligeras de cascos, fútbol y toro. Los futuros adoradores del IBEX 35 ya apuntaban maneras pensó Pili.

    —Este año ya le he dicho a mi padre que no quiero el abono del palco VIP del Madrid. Mi regalo fin de carrera es la barrera de las Ventas. No me pierdo a Morante de la Puebla en la corrida de la beneficencia por nada del mundo— sentenció uno de los futuros ricos.

    —Vas a comparar a Morantes con José Tomás. Deja de decir gilipolleces— le replicó Borja, que parecía el jefe de la peculiar manada.

    —Anda ya, tu no has visto un torero con el capote como Morante— le contestó con desgana Tristán, el aspirante a nuevo rico.

    El comentario de un nuevo madriles que no había entrada aún en antena alertó a Pili, que por aquel entonces no podía dejar de escuchar las conversaciones de aquellos imberbes. —¿Se habéis fijado las cámaras que lleva el rollito de primavera? Tienen que valer un pastón— dijo José Mari, que por su aspecto parecía el mayor del grupo.

    —Ese no es chino tolili. Es japones— replicó entre risas Tristán.

    Mañana cuando se levante, y en un despiste le quitamos al japones hasta los empastes— saltó rápidamente el jefe Borja

    Pili estaba alucinando. Por nada del mundo iba a dejar que estos niñatos avasallaran a su compañero de camino, por muy desconocido y japones que fuera.

    La heroína no pegó ojo en toda la noche. Estaba dispuesta a vigilar las pertenencias de Hirojito, o como se llamase, por tal que de que la banda de madrileños no consiguiera el botín.

    El reloj del japo sonó muy temprano. A las 7 el hijo del sol naciente hizo honor a su nombre. Pili abrió los ojos de par en par, vio como Hirohito se incorporaba y se dirigía a los futuros delincuentes.

    —Buenos días chavales. Lo primero. ¿Cómo están los máquinas?— les espetó con un acento andaluz del bajo Guadalquivir de manual.

    Las caras de los estudiantes eran un poema. De Lorca. Pili observó como los chavales, tendidos en sus camas, levantaban sus cabezas con los ojos como la bandera de Japón valga la redundancia. Incluso vio como Borja se echaba la manta que lo tapaba sobre la cabeza. La escena era digna de Berlanga.

    Hirohito, que así se llamaba, pertenecía a la delegación que su país envío a Coria, un pueblo sevillano a la orilla del Guadalquivir, para documentar los lazos de unión que los unía a partir de la llegada del samurái Hasekura Rokuemon Tsunenaga mientras realizaba una expedición diplomática por nuestro país llamada Keicho allá por los años 40.

    —El nipón es más de aquí que las aceitunas— afirmó Pili una vez que supo a posteriori la historia de Hirohito.

    —¿Y estáis hablando de capote? Mi arma, no habéis visto nunca el capotito de Curro rozando el albero de la Maestranza— remató el japones mientras dibujaba media verónica con la toalla camino de la ducha.

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    Cuarta entrega de 'Cuentos de caminar por casa', de Diego Pérez Yiyi, este perteneciente a la etapa Marinhas-Viana do Costelo dentro de la ruta Oporto-Santiago. 

  • Pongamos que hablo de Joaquín

    Pongamos que hablo de Joaquín

    A Aldo la vida le sonreía. Regentaba un pequeño albergue para peregrinos a la orilla de la playa de Labruge. Hotel dulce Hotel era una coqueta casa familiar que Aldo restauró para recibir a los peregrinos del insipiente Camino de Santiago en su vertiente de costa, una ruta que se había convertido, sobre todo, en la favorita de los caminantes centro europeos. La letra pequeña era lo que ponía el puntito preocupante al asunto. La sonrisa era la del mismísimo Joker. La vida pasaba como pasan las cosas que no tienen mucho sentido.

    Sus problemas llegaron pronto, en la pubertad. Cuando la bici de su niñez se fue quedando sin frenos. Con diecisiete abriles y después de firmar un examen de acceso para la universidad digno de una emperatriz, rubricó su primer gran garabato. El hecho de presentarse a la prueba ataviado con un bombín y una camiseta a rayas rojas y blancas alertó un tanto al tribunal académico que confirmó la singularidad del imberbe alumno cuando los miembros del sanedrín calificador leyeron el cuestionario que recogía sus datos personales. Domicilio: No 7 Calle Melancolía. La primera reacción fue de incredulidad, luego se escucharían algunas sonrisas cómplices por parte del profesorado más joven. Lo último, el veredicto. Culpable por estúpido. Todo un año tirado por las alcantarillas del bulevar de los sueños rotos. Su fijación por Joaquín Sabina empezaba a pasarle factura y le llevaba irrevocablemente al concurso de acreedores en la que se había convertido su existencia actual.

    Aldo no amaba a Joaquín Sabina, era Joaquín Sabina. Vestía cómo él, se peinaba a lo garçon, dormía con chicas que no dormían por primera vez. Extrañamente, y a pesar de ser luso con certificado de origen, en su playlist jamás sonaba temas de Salvador Sobral, ni Ivandro, y ni mucho menos de Richie Campbell. Eso eran melodías sin azúcar ni sal para escuchar en el hilo musical de consultas dentales. Él se martilleaba, y de paso a todo aquel que le aguantara una conversación de cinco minutos, con temas del cantautor jienense.

    La admiración por el de Úbeda comenzó a la edad de quince años cuando se montó en uno de esos trenes que siempre iban hacia el norte y aterrizó en plenas fiestas patronales de Cedeira, un pueblo con mar cerca de A Coruña. Las luces de neón, el wiski barato y los primeros acordes de 0Y nos dieron las diez' hicieron el resto. Lo demás es historia. El relato de una obsesión de manual.

    Los primeros altercados físicos tampoco tardaron en llegar. Su fama de colar una frase de Sabina en cada conversación se había corrido por el pueblo y ya nadie le aguantaba ni media estrofa.

    Y es que Pepe, un exjugador de fútbol del Labruge con fama de portero de discoteca, ganada en los terrenos de juego sin prisa, pero tampoco sin pausa, no captó la última ocurrencia sabiniana de Aldo cuando el fornido defensa, a bordo de un Cadillac rojo de segunda mano, se dirigió al iluso que acababa de estacionar su auto.

    – ¿Te vas? – le cuestionó Pepe

    – Me voy. Pero me quedo… – le respondió Aldo con una pizquita de sal.

    Pepe, que no sabía ni donde situar Úbeda, y tampoco estaba obligado a conocer las letras del cancionero español, se bajó y rememoró, con la inestimable colaboración de Aldo, las tardes en el vetusto estadio del Labruge CF donde el defensa daba cuenta de la primera criatura con una camiseta diferente a la suya. Le dio una paliza. El incidente lo envío a portes pagados dos semanas al hospital San Amaro con dos costillas rotas, la dignidad en el sótano y una cornada en el alma con pronóstico reservado.

    Pero la gota que colmó el vaso, y el detonante para que Aldo se planteara buscar ayuda médica, fue el episodio en el que su novia ingirió media docena de barbitúricos después de que mantuvieran una conversación por WhatsApp y que a punto estuvo de acabar en tragedia.

    Después de varias semanas de alejamiento, Aldo quiso arreglar las cuitas bombardeando con mensajes cariñosos a Jimena, que así se llama aún su compañera, por la celeridad en trasladarla al hospital de Santo Antonio en Oporto y principalmente porque la medicación había caducado un año antes.

    Cuando ya la cuerda estaba tensa volvió a aparecer la ocurrencia del filho de mil mães.

    – Eres mi vida y mi muerte, te lo juro, compañera. ✅ ✅ 
    – No debía de quererte. ✅ ✅
    – Y sin embargo te quiero ✔️✔️

    Aldo espero la respuesta de Jimena. Se extraño de que no hubiera leído el último mensaje, con su característica firma personal y desafortunada, pero no le dio más importancia y decidió esperar a que bajara el viento.

    Pero el viento en vez de rolar se hizo huracán cuando su hermana  lo llamo entre lágrimas para comunicarle que Jimena iba camino de Oporto por una ingesta de medicamento.

    El tolo entendió que, si no llegaba primero a la escena del crimen, tendría que dar unas cuantas explicaciones. Corrió a casa de su novia y respiró aliviado cuando, tras desbloquear el celular, borró los últimos tres mensajes de su conversación.

    A las nueve en punto de la mañana se encontraba Aldo sentado en la sala de espera de la consultar del Dr. Joao Pinto Gorgorao, insigne psicoanalista y especialista en adiciones y obsesiones compulsivas, cita en el 32 de la avenida Mouzinho de Alburquerque, en Povoa de Varzim. Por el hilo musical sonaba un tema de Richie Campbell. La terapia no comenzaba bien. 

    El sabiniano sabía del prestigio del Dr. Pinto, que era proporcional al precio de cada consulta. 200 euros por media hora se le antojaba excesivo. Pero estaba decidido a poner fin a tantas noches de nubes negras.

    Las primeras quince sesiones se hicieron llevaderas, incluso experimentó una mejoría significativa en su día a día. La gran damnificada fue su cuenta corriente. El director de su entidad bancaria ya no le mandaba rosas por primavera.

    La terapia consistía principalmente en intentar alejar al paciente del crápula español. Lo primero fue empaparse el programa electoral del partido Alianza Democrática, formación que Aldo odiaba y que se encontraba en las antípodas de sus ideales. Pero la verdadera prueba de fuego llegó con la audición y posterior análisis de los temas del grupo de moda, Taburete. Canciones facilonas con el volumen del mensaje a cero.

    La situación se tornó insostenible y Aldo, después de una sesión de psicoanálisis dedicada a la política de extranjería de Luís Montenegro, decidió encarar el asunto con el insigne psicoanalista. 

    – Doctor, después de treinta y cinco sesiones, entiendo que mi mejoría es evidente. Incluso estoy sopesando la idea de llevar a mi novia al próximo concierto de José Manuel Soto. Lo abordó Aldo. 

    – Querido amigo, tus palabras me congratulan. Respondió el doctor mientras dejaba asomar una sonrisa de satisfacción.

    El exsabiniano tomó aire y le lanzo la cuestión que lo traía en un sinvivir.

    – ¿Cuántos días quedan de terapia?

    El galeno dejó sus anteojos sobre la mesa de su despacho con parsimonia. Recreándose. Se levantó, y con pasos elegantes se dirigió a un armario de dos puertas que a todas luces no provenía de Suecia. Lo abrió y saco de la segunda estantería una caja que puso, siguiendo el canon de elegancia de su paseo anterior, sobre la mesa. La abrió y extrajo un bombín. Se lo colocó, y con voz ronca le respondió.

    – 19 días.

    – … Y 500 noches.

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    Segundo relato de la serie 'Cuentos de caminar por casa', de Diego Pérez Yiyi, que publica en 8Directo 14 cuentos por las 14 paradas que le ofrece su peregrinaje a Santiago desde Oporto. Este pertenece a la segunda etapa: Labruge-Povoa de Varzim

  • Tsunami

    Tsunami

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    Hernán escuchó el silencio. Acto seguido una bandada de pájaros lo atropelló en el saloncito del Bar Lido, a dos cuadras del centro de Rosario, donde estaba desayunando dos pancitos de leche y un café cortado, releyendo el artículo de Juan Pablo Vasky en El Gráfico. Pudo sentir como la primera ola le acariciaba los pies. La nota hablaba de Lautaro Martínez, “El Toro” transformó la noche anterior el penal definitivo para que la Argentina pasara a la semifinal del mundial ante Holanda y, por ende, mandara a todo el país al manicomio. En la foto a media página que certificaba el camino empedrado que tuvo que recorrer hasta ese lanzamiento desde el punto fatídico, aparecía abrazado a una mina, Karina Vanessa Gutiérrez. Radiante. Una mujer guapa, pero de forma serena, sin estridencias, pero con todas las luces encendidas. La heroína del delantero, su madre, remataba el pie de foto. La segunda ola… Hernán la reconoció y entonces lo comprendió todo. Sintió miedo. Sintió admiración. Y fue entonces cuando sintió el tsunami.

    Allá estaba yo 24 años atrás… remándola. Hernán Fantini, rosarino de cuna, gallego de adopción y mimo a jornada completa en ese momento de mi vida, por ese orden, en el Café do Casi, a orillas del Duero, en la Ribeira de Oporto, por azar de la vida, por mi mala cabeza y por mi obsesión por el fútbol, por ese orden también.

    Disfrazado de torero, buscando 40 lucas para financiar mi peregrinaje a Santiago porque el Diego la rompió en el clásico ante River, campeonando a Boca en la Bombonera, cuando ya la hinchada estaba renegando de su equipo y andaba con las 30 monedas en la mano. Minuto 96. Muy argentino todo.

    Y allí me hallaba, como bola sin manija para cumplir mi promesa. Cómo si el apóstol Santiago hubiera tenido algo que ver en la consecución del torneo. Pero las promesas hay que firmarlas. Y después pagarlas.

    Por aquel entonces llevaba ya tres años malviviendo en Madrid, con la valija vacía preparada detrás de la puerta, llena de un montón de sueños sin cumplir, para volver a casa como nos enseñó Gardel.

    La tarde de mediados de junio lucía radiante, la terraza a granel. Repleta de turistas y peregrinos, fácilmente distinguibles. Los unos, pavoneando con sus remeras fluorescentes y sus minas siliconadas, la mayoría piratas de su graciosa majestad, bulliciosos. Los otros, en playeras y con un cierto aire de koalas cansados. Cómo cuando los videos se traban. Espesos.

    Llevaba inmóvil en mi tarima ya casi dos horas cuando justo en la mesita de la terraza que tenía frente a mí se sentó una pareja. Ella guapa de una forma serena, sin estridencias, pero con todas las luces encendidas. Él, un pibito de unos 25 palos no más. Alto, rubio y pálido como un secuestrado.

    Novios supuse. Muy diferentes. Por sus aspectos yo diría que había unos cuantos meridianos de por medio. Por el semblante que traían puesto, aún diría que la distancia era mayor. Eran jóvenes, aún tenían tiempo para malgastarlo en pleitos absurdos pensé y aquello tenía todos los ingredientes para cocinar una muy excelente mala velada.

    De repente, en una de las esquinas del ring en el que se había convertido la mesita de la terraza, la chica se dirigió al chambón con una voz tenue pero acerada como un cuchillo que a mí me sonó a tango y a cumbia, a dulce de leche y a tamales.

    — Vos me pide tiempo y espacio y en dos semanas viajo a Buenos Aires. Pues ahí le regalo catorce días y 10.000 kilómetros. No sé si le es suficiente—, le espetó ella.

    — Vanessa, sabías que tarde o temprano esto tendría un final—, se apresuró a contestar él con cierto acento centroeuropeo que supuse holandés o alemán. Más tarde verifiqué su pasaporte cuando anunció su partida hacía Ámsterdam en un par de días.

    —Lo que no sabía era que tenías una mujer esperándote— lo vacunó con un tono suave y frío.

    Un silencio largo lo envolvió todo, y cómo en las películas, sonaron en el momento exacto las primeras notas de una viola, seguido del canto triste de Mariza, una cantante local que lloraba los fados con pena y besaba con alegría. Mucha alegría. Pero de esa canción ya hablaremos en otro disco.

    Quem dorme à noite comigo
    É meu segredo
    Mas se insistirem, lhes digo
    O medo mora comigo
    Mas só o medo, mas só o medo…

    El romance entre el holandés y la argentinita tenía fecha de caducidad. Atrás quedaban los últimos dos meses de pasión, vino y serpentina. Ella llegó a Barcelona al calor de una beca Erasmus y él vivía a lomos de un avión entre la ciudad condal, Hamburgo y Ámsterdam, las sedes de una multinacional de juego online.

    —Estoy embarazada— le confesó serena, cómo si le hablara a un desconocido.

    —¿Estás segura de que es mío? Le contentó el pelotudo.

    Con un gesto automático le tiró a la cara la copa de oporto que apenas había probado, embarrando su cara pálida. El rubio se levantó como un resorte, se limpió con violencia y se dirigió al interior del bar.

    La tarde se venía encima. Los últimos reflejos del sol se acostaban sobre el rio, dibujando figuras luminosas que se reflejaban en las barcazas de los pescadores que se afanaban en recoger las herramientas del laburo y repartir la pesquera en enormes canastos de mimbre. Parecía por sus gestos y sus voces que la feria les había ido bien.

    La cercanía de la noche hacía entristecer aún más si cabe el fado que estaba interpretando la cariñosa Mariza:

    …Gritar quem pode salvar-me
    Do que está dentro de mim
    Gostava até de matar-me
    Mas eu sei que ele há-de esperar-me
    Ao pé da ponte do fim…

    De repente sonó su celular.

    —Hija— se escuchó una voz cálida, —¿Cómo estás?

    —Estoy bien— le contestó con desgana. —¿Hablaste con el viejo?

    —No Vanessa, quería esperar a que estuvieras aquí.

    —No lo hagas. Todo acabó. Ya hablaremos a mi regreso. Te tengo que dejar. Un beso.

    —Hija.

    —Chao mama.

    El puto salió del bar y se dirigió hacia la mesita donde ella se secaba una lágrima que le resbalaba por la mejilla a cámara lenta. Se limitó a susurrarle un lo siento que sonó vacío, sucio; cómo cuando el camarero deja la cuenta de lo consumido sobre de la mesa. Y se marchó.

    Al pasar a mi altura se detuvo y metiéndose la mano en el bolsillo sacó unas monedas. Salté desde mi púlpito cómo un gato callejero. Lo miré. Supongo que vio en mis ojos la rabia del matador que empuña el estoque ante el toro en la suerte suprema. Ojalá ese niño cuando sea un hombre te parta el orto, y haga llorar a todos los Países Bajos cómo hoy hiciste llorar a su madre, vomité entre dientes.

    —La renegrada concha de tu madre.

    Dio un paso atrás, bajó la mirada y cuando hizo el ademán de dejar unos céntimos en la caja de cartón al píe de la tarima, le escupí a la cara un anda pa allá bobo.

    Hoy, desayunando en el Lido dos pancitos de leche y un café cortado, mirando en El Grafico la foto del héroe y la guapa serena con todas las luces encendidas, tengo la certeza que hay un dios que mientras ceba un matecito, imagina pájaros y olas, fados y goles, besos y despedidas. Un dios que dibuja tsunamis que arrastran una pelota hasta el fondo de tu corazón. Un dios justo. Y es argentino.

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  • Diego Pérez ‘Yiyi’ y los ‘Cuentos de caminar por casa’

    Diego Pérez ‘Yiyi’ y los ‘Cuentos de caminar por casa’

    “Querido Rex, si estás leyendo esto es que te han soltado. Y ya que has llegado hasta aquí quizás estarías dispuesto a viajar un poco más lejos. Recuerdas el nombre del pueblo ¿verdad?… Zihuatanejo” (Cadena Perpetua).

    Pronto comienza la aventura, un nuevo peregrinaje a Santiago, esta vez desde Oporto. 13 etapas, 280 kilómetros, 1.000 experiencias. Mi intención es que este camino sea diferente, todos los caminos son diferentes, y para ello me dispongo a escribir 14 cuentos en las 14 paradas que me ofrece el recorrido. 8Directo me ofrece la oportunidad de compartir el relato de mi peregrinaje en forma de cuentos. Para aglutinar todos los textos, además de los vídeos con la narración de estos por parte de los peregrinos que se cruzaran en mi aventura, he parcelado un terrenito en la red llamado caminoazihuatanejo.com donde a modo de cajón de sastre compartiré gustos musicales, preferencias literarias, obras maestras de cine y reflexiones dignas de escuchar en la colina del loco. La banda sonara de mi vida, en definitiva.

    También habrá un lugar para republicar las casi cien columnas de colaboración que mis amigos de la canalla, en un acto de suma generosidad, me dejaron enseñar en diferentes diarios del Campo de Gibraltar, tanto digitales como escritos, como 8Directo, Europa Sur, Viva, Faro y Algeciras Información. Los saco del baúl de mis recuerdos tal cómo se presentaron en su día, algunos con defectos gramaticales y sus goteras, otros han aguantado con dignidad las inclemencias del tiempo trascurridos. Todos vigentes hoy en día en mi cuaderno de bitácoras.

    Los relatos surgirán a partir de lo vivido, lo oído y lo sentido y tendrán como escenario los lugares que aparecerán en la senda de mi camino.

    Intentaré, a través de lo escrito, que conozcáis uno de los tesoros que esconde esta ruta, su gente. Los paisanos y los foráneos, los que te invitan a caminar y los que te acompañan. Los que hacen que cada conversación, cada parada, cada paso sea un motivo para volver al siguiente año.

    Añadir un aliciente más a la ya de por sí aventura de realizar el peregrinaje a Santiago me despeina un poco el alma y me desbarata un tanto mi incierto camino, ya de por sí también lleno de incertidumbres.

    Cómo reza el título son cuentos de andar por casa. Espero disfrutar con mi camino y espero que las historias que surjan durante el trayecto os hagan sentir, al igual que a mí, como si caminarais por casa. Hace mucho tiempo que el Camino de Santiago se convirtió en mi particular Zihuatanejo, mi casa.

    Buen camino. 

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  • Gibraltar: Sin noticias del acuerdo

    Gibraltar: Sin noticias del acuerdo

    Pasa el tiempo y lo que iba a ser la inminente firma del acuerdo con Gibraltar se ve ahora frenado por el periodo electoral que afronta el Reino Unido y que culminará con la cita en las urnas de los británicos el día 4 de julio. Todo apunta a que los laboristas volverán a ocupar la sede del Gobierno de Su Majestad en el número 10 de Downing Street. No se puede decir que Fabian Picardo no haya tenido un buen aliado hasta el momento en Londres, pero si se cumplen las previsiones, el Partido Laborista (el mismo partido que gobierna en Gibraltar) será quien retome las riendas de la negociación y habrá que ver con qué ánimo lo hace.

    Tampoco tranquiliza demasiado el hecho de que el ministro principal de Gibraltar vaya aireando su tajante negativa a cuestiones como permitir la presencia de agentes de la Policía Nacional en las entradas y salidas de puerto y aeropuerto, que, una vez desaparecida la verja, pasarían a ser controles fronterizos Schengen. Una cuestión que, además, Picardo no deja ahí, sino que va un paso más allá poniendo a los trabajadores españoles como rehenes: “la alternativa a un tratado es la plena aplicación del código fronterizo Schengen, con todas las enormes dificultades que eso implicaría”. O sea, que se niega a aceptar las directrices europeas sobre la circulación de personas, pero en el caso de que el acuerdo que él quiere no se alcance, aplicará esa misma norma con todo rigor. Algo parecido ocurre con asuntos fiscales, sobre los cuales Picardo ha asegurado que “Gibraltar nunca tendrá los mismos tipos impositivos que España”. Ni que decir tiene que esa nueva negativa redunda en beneficio de los intereses de la colonia británica. Se hace muy difícil negociar con quien defiende que lo suyo es innegociable. 

    No piensen que estas reflexiones me llevan a ser pesimista en cuanto a la posibilidad de alcanzar un acuerdo que satisfaga a todas las partes. No me canso de repetirlo: acuerdo, sí; cualquier acuerdo, no. Sigo siendo un firme defensor de establecer medidas conjuntas que satisfagan a todos, y creo que esa meta no es imposible. 

    Pero, decía, pasa el tiempo y los problemas derivados del Brexit en nuestra comarca continúan exactamente igual que el primer día. Por lo tanto, en tanto continúen paralizadas las negociaciones, retomemos aquellas propuestas que, a falta de un documento que vincule a las partes, entiéndase el acuerdo, se habían planteado para paliar los perjuicios causado por la salida del Reino Unido de la disciplina de la Unión Europea. Repaso algunos titulares sacados de la propia web de La Moncloa que nos recuerdan aquel Plan para el Campo de Gibraltar, dotado con “más de 900 millones de euros” y que implicaban hasta a diez departamentos ministeriales y cuyo cumplimiento ha sido nulo.   O aquellos memorandos de entendimiento sobre derechos de los ciudadanos, tabaco, medio ambiente y cooperación policial y aduanera a los se sumaría un Acuerdo Internacional sobre Fiscalidad.

    Se trata de continuar dando pasos hacia adelante y no permitir que siga pasando el tiempo sin la esperanza de que ese bien común que todos deseamos reciba un impulso por parte de quienes tienen la responsabilidad de hacerlo posible. 

    Hace unos días decía Picardo en una entrevista algo así como que su pretensión era trabajar para sentirse orgulloso de que los sones del “Himno a la Alegría”, emblema de la UE, volviesen a sonar en Gibraltar, pero, con todas esas trabas a la negociación resulta evidente que lo que quiere es que sea la Unión Europea la que baile al son que le marque Gibraltar y eso, a estas alturas, no lo vamos a permitir.

     

                            José Ignacio Landaluce Calleja. Senador y alcalde de Algeciras.

  • Nuestro recuerdo de Paco 10 años después

    Nuestro recuerdo de Paco 10 años después

    Escribir sobre Paco de Lucía ya lo han hecho mucha gente entendida en la materia, no obstante debemos recordar, aunque no sea nada nuevo, que Paco está considerado el guitarrista más grande que ha conocido la historia del flamenco.

    Tiene más de doscientos discos grabados, entre ellos más de treinta como solista.

    Siempre grabó con el nombre de Paco de Lucía, con excepción de cuando grabó, en 1962, como los Chiquitos de Algeciras, con su hermano Pepe, y también entre 1964 y 65 cuando, con el nombre de Paco de Algeciras, grabó varios discos con Juanito Valderrama, la Niña de la Puebla, Roque Montoya “Jarrito” y algunos artistas más.

     Mi buen amigo Antonio Arenas, excelente guitarrista, que fue descubridor de grandes artistas y grabó discos con muchísimas figuras del cante y baile, entre ellos Camarón, me contó que cuando Paco irrumpió de lleno en el mundo del flamenco, fue un impacto tan grande e importante, que los guitarristas de esa época se asustaron, casi se escondieron, porque no comprendían que se pudiera tocar la guitarra de esa forma, tan brillante y tan diferente a lo que ellos conocían.

    Puede considerarse uno de los artistas del arte flamenco más conocido y admirado de la historia.

    Y haciendo mención a la parte humana, decir que le gustaba, y practicaba, la gracia, la gracia flamenca, en especial cuando estaba con sus grandes amigos José Luis Lara y Antonio Quirós o con su compare Victoriano Mera. De esta faceta hay muchas anécdotas.

    También, hay que rememorar su personalidad y orgullo de buen flamenco cuando en 1992 en la gran Expo 92 de Sevilla, con un contrato firmado de 5 millones de pesetas (mucho dinero en ese tiempo), para actuar con los divos Julio Iglesias y Plácido Domingo, no cumplió dicho contrato y se fue a su casa de Algeciras, cuando vio que en los carteles del espectáculo se le ninguneaba, ya que las letras de su nombre eran muy pequeñas en comparación con sus compañeros de cartel. Su comentario fue que no podía permitir esa falta de respeto hacia el flamenco y hacia su persona. Este hecho conllevó el aplauso y reconocimiento del mundo flamenco.

    Solo nos queda destacar que indudablemente estamos en presencia de un genio irrepetible.

    José Vargas Quirós.
    Presidente honorífico de la Sociedad del Cante Grande de Algeciras.